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Terra
La Coctelera

Presentación

El hombre insustancial es un pelele elaborado con ideas y actitudes que quizás sostienes tú, lector posible, y también yo, como la ropa que llevamos puesta, que no forma parte de eso que somos y no sabemos qué es, ni falta que hace. Así pues, al mantear satíricamente a dicho monigote, este libro no vapulea a nadie, y menos aún a ti, lector posible –te lo prometo–. Se trata de un puro juego, como el figurado en el cartón goyesco reproducido en la portada.
El hombre insustancial se muestra en los dispositivos que nos construyen como individuos dentro del grupo. Se muestra en la obsesión terapéutica de corte psicológico, con sus traumas, sus síndromes, sus secuelas, sus faltas de autoestima y otras monsergas. Se muestra en la manía didáctica y pedagógica que convierte a los niños en mantequilla, y a los adultos –y criminales– en niños que deben ser educados por diversas fuentes para que sean felices y aprendan a ser buenos. Se muestra en la moral paralítica y floja que oculta la responsabilidad del agente, moral de sensibilidades especializadas en ciertos tópicos, como el de “la mujer maltratada”. Se muestra en esta sociedad que convierte la vida en espectáculo ante un público mentalmente pasivo, admirador de fantoches, estrellas y famosos. Se muestra en el hablar de los Medios, que producen una opinión pública rutinaria y prevista, una crítica farfollera, y charlatanes de todo tipo. Se muestra en una masa tan carente de energía que no precisa garrotazos, poblada por hombres normalizados, pues hasta los homosexuales se han vuelto normales pasando por el aro, y las mujeres se han sometido a los patrones masculinos, en una sociedad donde sólo debemos distinguirnos por el dinero y por otros números. En fin, se muestra en la mitología democrática, bajo la que discurre un mercado libre donde compiten diversas gestorías o empresas, llamadas “partidos políticos”, para administrar las libertades.
Resumiendo, el Hombre Insustancial zaherido en esta sátira se manifiesta en todo eso que constituye lo correcto e indiscutible en el día de hoy. Porque este libro –por mentira que parezca– no critica a Estados Unidos ni al Papa ni a Franco ni a la Inquisición ni la política de los cartagineses en España. ¿Se tratará de un libro “facha”?

Psicólogos y bobos

Un día echabas cuentas del tiempo que te quedaba de vacaciones, y pensabas en la vuelta al trabajo y revivías el fastidio que parecías haber dejado para siempre; y sentías anidar en tu vientre un gusanillo que empezaba a corroerlo y que crecía conforme te acercabas a la fecha aciaga, amargando tus digestiones, tu descanso y tu risa. Al llegar el último día, despertabas de un sueño: todo se había deslizado increíblemente de prisa como si el tiempo dichoso nunca hubiera ocurrido: “¡parece que fue ayer cuando empezaron las vacaciones!”. Pues bien, sin saberlo, padecías un síndrome posvacacional, descrito objetivamente por ciertos titulados y difundido por los noticiarios para que te enteres. Si este síndrome se hubiera descubierto antes, nada más vol-ver a casa después de vacaciones, habrías acudido al médico de cabecera, el cual posiblemente te habría enviado al psiquiatra, el cual podría haberte prescrito algún tratamiento y algunos días de baja. De modo que ya lo sabes para la próxima.
Los síndromes se multiplican, y con ello se amplía sin cesar la visión que el hombre tiene de sí como espíritu enfermizo y objeto de terapia. La ansiedad sentida cuando el profesor miraba la lista para preguntar la lección en clase (¿a quién le tocará?: silencio) es ahora un síndrome padecido por muchos estudiantes cuando les llega la hora de examinarse; y quien, con la carrera terminada hace años, sueña que se examina de una asignatura pendiente y se encuentra mondo y lirondo de ella, padece algún síndrome postraumático. Algunos, supongo, padecen el síndrome de no darse cuenta de sus síndromes, y el síndrome de maldecir esta palabrería que se inmiscuye en nuestras vivencias, y deben de ser ellos quienes peor se encuentran, pues no hay nada tan pernicioso como cojear de algo y no admitirlo.
En muchos casos, el síndrome se reduce a un término clínico que permite construir un discurso para dejar en segundo plano el verdadero problema. A los inmigrantes los azota un síndrome consistente en sentir soledad, fracaso y miedo. ¡Pues claro!, ¿qué va a sentir una criatura alejada de su familia, en un país extraño, sin dinero, sin cobijo, sin un futuro garantizado, sin documentos quizás y en peligro de que cualquier día la expulsen? Y, a pesar de ello, la vivencia natural de quien se halla en tales circunstancias acaba de ser bautizada con un término clínico acompañado de una alusión literaria que le confiere un toque de prestigio: es el síndrome de Ulises, como si el intrépido y astuto héroe de Homero tuviera algo que ver con algún síndrome. Resultado: ya que el inmigrante no padece bastantes problemas –esos que no se resuelven con comprensión y buenas palabras–, queremos convertir su ánimo en un nuevo problema para así poder ayudarle con un servicio nuevo. De modo similar se habla del síndrome del parado para desig-nar el problema de aquel cuyo único problema reside en haber perdido su empleo, y así logramos que quien está parado sea también un para-do. Y hablamos del síndrome del quemado (burn out) para referirnos al que, lógicamente, se encuentra hasta la coronilla de su trabajo, co-mo muchos que compramos lotería soñando en el gordo.
Los síndromes se definen en la observación clínica, pero podrían formularse a priori imaginando las múltiples situaciones desagradables que nos depara la vida: basta con pensar en los innumerables conflictos que pueden presentársele al ser humano, describir su estado en cada uno de ellos y etiquetarlos con una expresión inglesa o con un nombre literario. Dada mi afición a la poesía homérica, propongo como ejemplo los siguientes síndromes, sin el menor deseo de registrarlos: síndrome de Menelao (para el varón cuya mujer se ha fugado con otro más guapo o joven), síndrome de Aquiles (para el que brama contra el asesino de un camarada íntimo), síndrome de Circe (para la vampiresa que pretende engatusar a un maromo y se queda con un palmo de narices), síndrome de Penélope (para la mujer que espera el regreso de su esposo, el cual salió de casa a comprar tabaco)... Como ves, lector culto, elijo las etiquetas con un tino que ya querrían para sí quienes deshonran a Diógenes, filósofo griego tan desligado de las co-sas que sólo poseía la ropa puesta, y cuyo nombre sirve a algunos científicos, no obstante, para endilgarle un síndrome a los miserables que con avaricia insensata amontonan basura y representan de modo esperpéntico el afán acumulador del hombre civilizado, sobre todo en el mundo capitalista (síndrome de Diógenes: ¡vaya ojo clínico!).
Cuando el síndrome es la huella dejada por una vivencia desagradable, se llama "secuela", aunque en román paladino hablamos simplemente de mal recuerdo. Antes de intervenir sobre un niño, debes preguntarte: “¿Qué secuelas le dejará esto?”. Las brujas y duendes de los cuentos que narraba al anochecer la tía abuela, y los muertos y fantasmas de las películas de miedo, hacían que oyéramos pasos y susurros si estábamos en casa solos, o que viéramos sombras amenazantes cuando nos metían en la cama y nos apagaban la luz: ¿quién iba a decirnos entonces que padecíamos secuelas? Hace años la ciencia descubrió, mediante la encuesta, que no sé cuantos niños sufren terrores nocturnos, lo cual no me extraña ya que, según recuerdo, aparte de los nocturnos, nosotros también padecíamos terrores diurnos (matutinos y vespertinos) y a todas horas: terror de que te azotara tu madre, de que te castigase el maestro, de que te regañara un vecino..., siempre como un cachorro asustado, con anhelos de ser mayor. ¿Cuántos de esos terrores me habrán dejado secuelas?
Junto al concepto de síndrome, el de adicción ha conquistado un radiante estatuto de conducta mórbida, con su terapia ad hoc. En la vieja moral, el hábito era una disposición adquirida por repetición de actos, y obraba en el sujeto como una segunda naturaleza de la que era factible desprenderse con una conducta vigorosa; nadie pensaba que el vicioso necesitara cura, sino ganas de dejarlo. Pero ahora, lo que se percibía como vicio, se ha convertido en una adicción, en una dolencia de la que es preciso curarse mediante tratamiento especializado. Que fulano se gasta el sueldo del mes en máquinas tragaperras: pues padece adicción al juego; que acude cada noche a su casa borracho como una cuba: padece adicción al alcohol; que se pasa el día dale que te pego consigo mismo o con una prójima porque dice que no encuentra placer igual en ningún otro tejemaneje: padece adicción al sexo. Y supongo que quien come salchichas por un tubo, y el que se infla de chocolate cada vez que lo tiene a mano hasta que le entra el baile de San Vito, y el que se pasa el día metido en la bañera leyendo periódicos, y el que no da golpe ni en el trabajo ni en casa, y el que está siempre con la te-le a todo volumen jorobando al vecino, son víctimas de otras tantas adicciones, que, para existir, solo precisan algún definidor que las de-fina y ¡qué gran definidor será!
Las definiciones se multiplican, desde hace algún tiempo, gracias a la cantidad de artilugios que el progreso pone en nuestras manos. Mi hijo, el majadero, en vez de estudiar, se dedica a perder las horas aplicado al teléfono móvil para hablar gilipolleces con sus amigos gastando el dinero que le doy o que me birla: padece una adicción a la telefonía móvil. Y un coleguita de mi hijo (no hace falta caracterizarlo) está enganchado, no a la ventana de un rascacielos para limpiar los cristales, sino al ordenador, chateando con gente que no ha visto nunca (no se trata de tomar chatos en una taberna de las de antes), o trajinando con videojuegos o navegando por la Red, como si fuera un marino (¿adónde irá el necio?): padece adicción general al aparato susodicho y adicción especial al contenido frecuentado. Hay adicción a la lotería, adicción al coche o a la moto, adicción a la música clásica, adicción a los temas deportivos, adicción a mirar tías en cueros... Incluso alguno, por mentira que parezca, sufre adicción al trabajo, aunque yo pienso que lo que le pasa a ese tipo es que se le caen los palos del gallinero al pensar que, durante el mes de vacaciones, deberá pasar con su familia las veinticuatro horas del día sin poder quitarse de en medio.
Traumas, secuelas, síndromes... ¿Tendrá mi menda algo de esto?
EL HOMBRE INSUSTANCIAL (Sátira para malpensantes), págs. 21-26.

Tópicos morales: la mujer maltratada

Entre las víctimas “vedettes” brilla con luz propia la mujer maltratada en sus distintas variedades: como víctima de la crueldad del marido o del novio o del compañero sentimental (¡vaya nombrecito!), como víctima del acoso por parte del sátiro de turno, como víctima de la marginación laboral, como víctima no solo de esas redes de prostitución con las que el Gobierno terminaría si quisiera, sino también del machote que paga para obtener una dicha que no podría gozar sin billetera... Es su presencia en el espectáculo lo que explica que se haya consagrado este tópico, en vez de otros posibles como el de la mujer que limpia en mi casa cobrando lo que, por vergüenza, oculto a mis conocidos con clase.
La figura de la mujer maltratada sirve para estimular nuestra sensibilidad paralítica suministrándonos un tema de inquietud moral programada. De la supremacía de este tópico da cuenta el rigor con que algunos desean que se trate el crimen para tales casos: en un país con una ley penal que no quiere entender de castigos, sino de reinserciones, algunos progresistas pidieron que cumplieran las penas íntegramente los autores de estos delitos –igual que los terroristas–, lo cual testimonia un alto grado de sensibilidad en este asunto. ¿Por qué a quien borra de la existencia a un ser humano fuera de estas circunstancias tan condenables, no se le trata con igual criterio?: sencillamente porque el hecho de liquidar a alguien no especial se asume con la misma naturalidad que las muertes de tráfico.
El otro día una vieja apareció apuñalada en el quiosco donde se ganaba el sustento. Como tantas cosas que ocurren porque así es la vida, este asesinato no forma parte de ninguna nómina interesante para llevar la cuenta. Sin un lazo de solapa –de color simbólico estipulado– que condene esa clase de crímenes, sin un anuncio televisivo para sensibilizarnos sobre esa clase de dramas, sin una ley “ad hoc” que intente proteger a esa clase de posibles víctimas, sin un comentario especial como “Un nuevo caso de violencia de género” o “Ya son cincuenta las mujeres asesinadas por su pareja en lo que va de año”, esa pobre anciana me ha parecido una víctima huérfana, como perro sin raza y sin pedigrí, porque ha sido muerta no como “mujer maltratada”, sino como "mujer-simplemente-persona", igual que tantas personas de cuya muerte violenta no se dice qué número hacen, para no alarmar a la población, supongo. Es que la quiosquera no cae bajo ninguna figura institucionalizada de víctima, y por ello bastaba con la noticia a secas.
¿Por qué se ha institucionalizado la figura de la mujer maltratada? Hay una especie de mimo hacia lo que se encuentra amenazado, sean los animales salvajes, el ecosistema o la mujer. Ésta se incorporó al aparato productivo moderno por imperativo de una economía expansiva y avara que exigía más mano de obra, y era preciso que se le aplicaran los mismos derechos y servidumbres que hasta ese momento había gozado el varón, tanto en la norma legal como en la de usos y costumbres. Pero hay en la mujer una faceta que no ha llegado a diluirse en ese espacio homogéneo: la que concierne a los lazos afectivos con su prole y con su pareja. De esta suerte, reina para la mujer una tensión escabrosa entre su libertad en cuanto sujeto de derechos y su dependencia en cuanto hembra o madre. Y en la dependencia respecto del varón radica la fuente de su fragilidad y de sus males, porque si como ciudadana es dueña de sí misma, como hembra humana busca un hombre a quien decirle “¡Amor mío, hazme tuya!”; y el varón, que desde que bajó del árbol se dedica a hacer suyo todo lo que encuentra a su paso, se toma esas palabras en serio y la hace suya, y bien suya, mejor para siempre que para un rato.
Toda la inquietud hacia la figura de la mujer maltratada, los discursos y la legislación que intentan protegerla, disimulan algo, más sustancioso, que conviene advertir: que la mujer –y el varón– no es un simple sujeto de derechos ni un objeto de atención, sino agente de su destino, lejos de toda forma de proteccionismo legal. Que, ante todo, es un sujeto ético que ha de elaborarse a sí mismo al margen de toda intervención institucional, privada o pública. Y hay que insistir en ello porque, curiosamente, un asunto personal se ha convertido en asunto social y político de primer orden: la figura de la mujer maltratada se ha institucionalizado. Y gracias a esa institución, el Estado puede presentarse como sumamente sensible contra la injusticia particular, con leyes que no servirán de nada, y las sociedades protectoras de mujeres podrán justificar un poco más su existencia, y muchos varones podrán intensificar su decorosa imagen diciendo “Yo no soy como ésos”, y los Medios podrán ir informando y llevando al día el parte de bajas desde principios de cada año, y todos podremos gritar, con nuestra sensibilidad herida, “¡No hay derecho!”. Y con ello escamoteamos la realidad de que ese problema que tú, hija mía, tienes con el pelma de tu amado no es un problema social o mío, sino tuyo y que has de resolver tú solita. Y, sobre todo, debes cuidarte de no volver a tropezar con la misma piedra, pues no serías la primera ni la última.
No te matará cualquier hombre, sino el hombre que tú misma has elegido. Porque te empeñas en que un varón te haga suya, incluso desde el mismo día en que lo conoces, si la cosa va deprisa. Y, después, cuando termine vuestra película y en vuestra vida pase de todo (porque en la vida hay de todo, pero de todo), te verás en un infierno (“Esto no me lo esperaba”, “Es que ya no es el mismo”, “Me equivoqué al enamorarme”). Y momentos de reconciliación: te dirá que las cosas van a ser de otro modo, que verás cómo ha cambiado, que se ha dado cuenta de que tú eres el amor de su vida y no puede vivir sin ti –y otras fórmulas que se emplean en el cine y en la tele–, especialmente antes de entrar en la alcoba. Y si vas a una institución para mujeres con tu problema, te lloverán las charlas sobre la autoestima y la igualdad de sexos y, al ver al hombre de tu vida, tal vez te sientas de nuevo suya y decidas concederle una nueva oportunidad, esta vez la última, como siempre, lagarto, que te conozco. Y después más tundas, y las pobres asistentes sociales no pueden comprender cómo eliges a Barrabás: “Vale, si te vas con él de nuevo y te hace lo mismo, por aquí no vuelvas”. Pero ni por ésas.
Si yo, que conozco bien a los varones, después de muerto me reencarnara en mujer y no volviera a morirme del susto, me metería a lesbiana y no dejaría que ningún semental se me arrimase (¿por qué te crees, tontuela, que a los hombres normales no nos gustan los hombres y sí nos gustáis vosotras?). No entiendo, pues, a los llamados gays, que, aparte de la tortura de estar siempre con el varón con quien cada uno ha nacido, se bus-can un segundo varón que fastidie al primero, en lugar de una mujer, que les traería más cuenta, sin duda, porque desde su origen –salvo tenebrosas y envenenadoras excepcio-nes– quien mata es el hombre, que mata a hombres y a mujeres, y a su mujer, y hasta al lucero del alba. Pero al parecer, algunas tenéis bien aprendida la condición de "mujer-para-ser-poseída", y os buscáis un indeseable –que, vamos, se le ve a una legua– porque percibís en él a un ser maravilloso, con esa hombría que os vuelve locas (“sin ti no soy nada”), con sus cosillas, como cualquiera.
En fin –¿qué más voy a decirte?–, el amor idílico, como todas las ideas sublimes, también tiene sus mártires. Y puede que algún político, apoyado por los grupos defenso-res de tu “género”, conciba un día la brillante idea de erigir un monumento “A la mujer maltratada” para convertiros en parte de la excelsa historia de este gran pueblo y de esta gran nación, o nación de naciones, que es España. Supongo que no estarías de acuerdo, aunque ¡cualquiera sabe!
EL HOMBRE INSUSTANCIAL (SÁTIRA PARA MALPENSANTES), págs. 103-107.

El mito democrático

CARTA DE UN TENIENTE GENERAL EN LA RESERVA
AL TENIENTE CORONEL ANTONIO TEJERO

Querido Antonio:
Sentí vergüenza cuando el otro día te vi en el Congreso, con un puñado de guardias, disparando al techo y gritando: "¡Al suelo todo el mundo!". Según el anecdotario, una guiri confundió el tricornio con la montera taurina y creyó ver en la pantalla a un torero bigotudo y guillado que amenazaba a la gente con un pistolón; y era para tomarlo a chufla, aunque sufrí viéndote azorado, con la p[...] hecha un lío, esperando y esperando a que viniera una misteriosa autoridad militar que no llegaba nunca, y luego Jaime Milans con su extemporáneo desfile de carros, y Alfonso Armada agazapado entre los matorrales, todos con el culo al aire y sin saber cómo salir del atolladero. Al final, el toro a los corrales.
Como bien sabes, antes de que yo me retirara, algunos compañeros míos de la Guerra me vinieron con que había que hacer algo, que esto era el acabose, que la obra de Franco se iba al garete, que caminábamos hacia el comunismo, y cosas parecidas. Y yo les preguntaba: ¿qué bancos nos apoyan?, ¿a qué empresas nacionales o multinacionales les conviene un cambio de régimen?, ¿qué interés geopolítico o económico tiene la CIA en que instauremos una dictadura como las de Iberoamérica? Conseguí sacarles la idea de la mollera, pero algún tozudo del diablo decía que no, que no, que no hacía falta considerar eso, que con cuatro cuartos para comprar unos autobuses e impermeables de disimulo bastaba, y lo demás lo pondría el espíritu patriótico de los militares y de los españoles bien nacidos. Yo os hablaba de intereses, y vosotros creíais que me refería al diminuto problema de cómo financiar un golpe cuartelero.
¿Por qué creéis que ninguno de los poderes económicos os ha apoyado?, ¿por tacañería? Si el capital hubiera estado dispuesto a ayudar, yo mismo me habría encargado de organizar un golpe como Dios manda, y no como ese vuestro, que ha sido la deshonra de todos los golpes de Estado. Pero los bancos operan satisfechos ganando cada vez más dinero, y las empresas manejan a unos operarios que rezan para que no sobrevenga una crisis que los ponga en la calle, y los propietarios no ven en peligro la propiedad privada en un país donde casi todos somos propietarios, aunque sea de un piso de ochenta metros o de un coche. En estas condiciones, ¿a quién se le puede ocurrir cargarse un régimen que garantiza la normalidad en el presente y para el futuro?: solo a unos zascandiles inoportunos, como vosotros, que estáis en la luna.
Menos mal que mis compañeros de armas no lo vieron claro y prefirieron seguir en pijama y zapatillas. Hasta Manolo Fraga, montándose el numerito de judío converso, os chuleó desabrochándose la chaqueta en plan heroico y ofreciendo gallardamente la barriga por la democracia. No quiero pensar en el follón en que nos habríais metido a todos si hubiera triunfado vuestra intentona: los que tienen la pasta habrían puesto el grito en el cielo porque les habríais jodido la marrana, con los valores de bolsa por los suelos y con los inversores extranjeros poniendo pies en polvorosa, y los bancos os habrían salido con que no os prestaban ni un chapín, y las potencias extranjeras harían la vida imposible a unos vecinos tan escandalosos, y la casa por dentro toda patas arriba. Al final tendríais que haberos retirado –Dios sabe cómo y después de qué– con el rabo entre las piernas.
Cuando hicimos lo que hicimos con la República, la cosa estaba muy fea. Había un proyecto de reforma agraria que traía acojonados a mi abuelo y a los demás terratenientes, y los empresarios temían que los trabajadores colectivizasen los negocios, y los obreros trinaban (acuérdate de la que se armó en Asturias, donde mi padre estuvo dando caña a los mineros), y el detestable Frente Popular nos quitaba el sueño con la memoria de la Revolución Rusa. Ahora, en cambio, todo está en calma, igual que en cualquier país civilizado, con la gente comiendo cuatro veces al día y gastándose el dinero en cuatro caprichos. El rebaño duerme tranquilo y mira por dónde llegáis vosotros para montar un zafarrancho de encarcelar a gente y de endiñar palos, y para inflarles las pelotas a muchos y desatar una trapisonda que podría habernos llevado a una revolución de huevos.
El Generalísimo lo dejó todo atado y bien atado, ¿no os dais cuenta? Lo dejó todo listo a fin de que, muerto él en paz y en gracia de Dios, las cosas cambiaran lo necesario para que siguieran lo mismo (a ver si lees "El gatopardo" de Lampedusa ahora que tendrás tiempo). Franco no podía pensar esto, pues como de todos es sabido –y entre gitanos no nos echemos la buenaventura–, él no era un intelectual precisamente, aunque, eso sí, para una guerra colonial hacía virguerías con un regimiento. El caso es que durante cuarenta años estuvo templando a los españolitos sin darse cuenta, para que llegase el momento actual, en que las tentaciones izquierdosas del 36 están más que superadas y es viable un régimen moderno. Y de ahí han partido Adolfo y sus chicos para desmontar un andamiaje que ya no hacía falta y para cambiarlo por otro más ajustado a las presentes condiciones económicas y sociales, con la ayuda de los franquistas que tienen los pies en el suelo, y con la comprensión del pesoísta Felipe –que no es el socialista Largo Caballero– y de Santiago Carrillo, que, aparte de conocer el histórico fraude del comunismo, sólo quiere vivir a gusto con su vela en el candelabro. Todo ha cambiado, y ahora puede haber democracia porque ésta ha llegado cuando debía llegar, cuando va a dejar las cosas como estaban, cada uno con los caudales que tenía, y los que no tienen, ¡a currar se ha dicho y a aguantar mecha!, aunque de grado.
Habéis hecho una chiquillada y solo os merecéis una felpa. Pero necesitan a algún representante del régimen pasado que les sirva de chivo expiatorio para sacarse la espina, y de ofrenda al espíritu de la democracia, ultrajado por vuestro sacrilegio. Tú, punto en boca, y nosotros veremos si se les puede sacar alguna medida de gracia.
Te ruego que no hagas pública esta carta, pues podría desazonar a los risueños demócratas, como si a un mozo colado por su novia le dices que la chica no es para tanto.
Con mi sincera amistad.
[Firma]
EL HOMBRE INSUSTANCIAL (SÁTIRA PARA MALPENSANTES), págs.224-226.

El homosexual normalizado

La familia está en crisis, dicen los preocupados por la salud de nuestra vida social. Nada de eso, pues la inconsciente lógica del sistema provee de sucedáneos que reavivan la venerable célula: bastará con un injerto oportuno para renovar lo que el devenir histórico parecía estar arruinando. Precisamente en el seno de esas maniobras surgió hace años la pareja de hecho (esto es, un matrimonio civil camuflado) y ha surgido últimamente el matrimonio homosexual (esto es, un contrato a imitación del matrimonio para que nadie quede suelto); nuevas liturgias para seguir rindiendo culto a los dioses penates.
En cuanto a la pareja de hecho, el esqueje para remozar el añejo árbol del matrimonio lo servían precisamente quienes se burlaban de una unión tan seria. Quienes vivían sus escarceos libidinosos al margen de toda horma instituida, los nómadas –en su variedad "hetero" y "homo"–, nos vinieron con que anhelaban sentar la cabeza y fundar una estructura reconocida y asegurada. El creciente enjambre solteril de peregrina procedencia, que vaga al albur de su suerte sin lazos o compromisos, provocaba inquietud; ahora, esos átomos sueltos pretenden un enlace que consolide inusuales moléculas para arrimar su granito de arena a la misión de que nuestro orden social no se resquebraje.
La estabilidad del matrimonio reproduce, en el ámbito de la relación íntima, la estabilidad suprema en que consiste el Estado: Estado es un "statu quo" entre fuerzas múltiples, que tira a perennizarse, como su himno y su bandera, y el matrimonio lo imita. Por el contrario, la agrupación eventual, desentendida del espacio y del tiempo, reducida a la plenitud –o vacuidad– efímera de la ocasión, se opone al talante estacionario del matrimonio y subvierte solapadamente el equilibrado orden reinante. Por fortuna, las aguas tornan a su cauce tras el vagar errático y el terreno recobra su tranquilidad topográfica. Ahora, figurando en un registro oficial, la pareja circunstancial abjura de su rebeldía, para apuntalar un edificio que amenaza derrumbe por el deterioro de los cimientos familiares. En el caso de la pareja de hecho no tenemos un matrimonio ciertamente; pero sí un remedo que hace sus veces con la mejor voluntad, o eso espero.
El caso del ajetreo homosexual merece reflexiones más astutas. El invertido había quedado libre, por fin, de los antiguos anatemas, que lo convertían en figura execrable y que, hace unas cuantas centurias, lo podían incluso arrojar a la hoguera. Tolerado ya, en las últimas décadas se le veía vacante para una existencia al margen de todo molde estatuido, solazándose en inconfesables tabernáculos con "cuartos oscuros" donde ardía Troya. Y la relación homosexual pululaba fuera de la cuadrícula que la vida social nos traza. Pero –¡oh paradoja de las paradojas!– ese tráfago errático e insumiso a la norma pedía a gritos un carril que lo encauzase. El irredento y escalofriante ayuntamiento homosexual ambiciona autentificarse ante alguna instancia oficial, sometido a control, regido por leyes, amaestrado por lindes que lo dirijan de la manera más decente. Los procesos instituidores caen sobre el antiguo anormal para normalizarlo, por medios más económicos y suaves que la represión brutal, propia de un poder ciego y torpe. Nuestro sistema aspira a capturar bajo sus dispositivos toda vivencia que signifique un Otro; y la relación fornicaria, y en concreto la homosexual, con su desinterés hacia los derechos –y obligaciones– que la sociedad otorga generosamente a la pareja casada, representaba un Otro frente al orden fijado, y lo perturbaba de manera sorda. Mas, por fortuna, muchos representantes de ese Otro, envidiosos de cadenas y esposas –o esposos–, han entrado en el mismo saco que nos constituye y domina, del que el matrimonio y la familia nuclear son su célula.
La pareja de hecho y el matrimonio homosexual casan bien, por otra parte, con otro acontecimiento que el azar nos ha brindado para justificarlos todavía más: el horror al SIDA. Ante esa plaga, nuestro sistema ha visto en la formalidad de las flamantes parejas un recurso para retener el avance de la nueva peste negra. Frente a la cópula vagabunda e imprevista, el riesgo del sida recomienda un ayuntamiento monótono y reducido siempre a los mismos comensales, porque nada es tan saludable como la comida casera. La pareja de hecho y el "homomonio" (¿por qué no inventar un flamante término?) conlleva una invitación inteligente a la fijeza y a la rutina, como prevención ante el virus.
De otra parte, esta tendencia de la pareja informal a hacerse pública armoniza bien con la publicación de lo privado, hoy en boga. Nada debe mantenerse en la oscuridad privada; todo ha de constar en algún registro público. Así, la relación sexual se confiesa al padre Estado, y éste, solícito, replica: “De acuerdo, hijos míos, venid al orden”. Porque, en una sociedad donde todo debe constar por escrito, no se puede vivir sin certificados: certificado de nacimiento, de estudios, de domicilio, de vida laboral, de bienes, de salud, etc., y, últimamente, certificado de tener trato íntimo y continuado, reforzado por la convivencia, con algún tío o tía. Tampoco puedo vivir sin que en algún papel conste que paso de la Iglesia Católica, en la que fui bautizado, y ando erre que erre con el Obispado, y voy a denunciarlo a los tribunales, para que escriba en algún registro lo que yo quiera. Porque la vida no es posible sin papeles, aunque le revientan los papeleos.
Ciertamente la pareja de hecho y el matrimonio homosexual precisan justificaciones más honrosas que los estimulen. Se obtendrán mejoras fiscales, protección social, derechos de herencia...: el poder, ya se sabe, soborna siempre, ofreciendo algo a cambio. Los biempensantes arguyen que el novedoso invento entraña una nueva conquista en el largo camino del espíritu humano, cada vez más sensible a la dignidad y a los derechos de la persona. ¡Y lo creo! El sistema siempre acaba descubriendo lo que en cada caso precisa. Y ahora, otra vez, ha obrado su astucia. La instauración de las nuevas figuras significa nuevas formas para pasar por el aro.
EL HOMBRE INSUSTANCIAL (SÁTIRA PARA MALPENSANTES), págs. 208-212)