Tópicos morales: la mujer maltratada
Entre las víctimas “vedettes” brilla con luz propia la mujer maltratada en sus distintas variedades: como víctima de la crueldad del marido o del novio o del compañero sentimental (¡vaya nombrecito!), como víctima del acoso por parte del sátiro de turno, como víctima de la marginación laboral, como víctima no solo de esas redes de prostitución con las que el Gobierno terminaría si quisiera, sino también del machote que paga para obtener una dicha que no podría gozar sin billetera... Es su presencia en el espectáculo lo que explica que se haya consagrado este tópico, en vez de otros posibles como el de la mujer que limpia en mi casa cobrando lo que, por vergüenza, oculto a mis conocidos con clase.
La figura de la mujer maltratada sirve para estimular nuestra sensibilidad paralítica suministrándonos un tema de inquietud moral programada. De la supremacía de este tópico da cuenta el rigor con que algunos desean que se trate el crimen para tales casos: en un país con una ley penal que no quiere entender de castigos, sino de reinserciones, algunos progresistas pidieron que cumplieran las penas íntegramente los autores de estos delitos –igual que los terroristas–, lo cual testimonia un alto grado de sensibilidad en este asunto. ¿Por qué a quien borra de la existencia a un ser humano fuera de estas circunstancias tan condenables, no se le trata con igual criterio?: sencillamente porque el hecho de liquidar a alguien no especial se asume con la misma naturalidad que las muertes de tráfico.
El otro día una vieja apareció apuñalada en el quiosco donde se ganaba el sustento. Como tantas cosas que ocurren porque así es la vida, este asesinato no forma parte de ninguna nómina interesante para llevar la cuenta. Sin un lazo de solapa –de color simbólico estipulado– que condene esa clase de crímenes, sin un anuncio televisivo para sensibilizarnos sobre esa clase de dramas, sin una ley “ad hoc” que intente proteger a esa clase de posibles víctimas, sin un comentario especial como “Un nuevo caso de violencia de género” o “Ya son cincuenta las mujeres asesinadas por su pareja en lo que va de año”, esa pobre anciana me ha parecido una víctima huérfana, como perro sin raza y sin pedigrí, porque ha sido muerta no como “mujer maltratada”, sino como "mujer-simplemente-persona", igual que tantas personas de cuya muerte violenta no se dice qué número hacen, para no alarmar a la población, supongo. Es que la quiosquera no cae bajo ninguna figura institucionalizada de víctima, y por ello bastaba con la noticia a secas.
¿Por qué se ha institucionalizado la figura de la mujer maltratada? Hay una especie de mimo hacia lo que se encuentra amenazado, sean los animales salvajes, el ecosistema o la mujer. Ésta se incorporó al aparato productivo moderno por imperativo de una economía expansiva y avara que exigía más mano de obra, y era preciso que se le aplicaran los mismos derechos y servidumbres que hasta ese momento había gozado el varón, tanto en la norma legal como en la de usos y costumbres. Pero hay en la mujer una faceta que no ha llegado a diluirse en ese espacio homogéneo: la que concierne a los lazos afectivos con su prole y con su pareja. De esta suerte, reina para la mujer una tensión escabrosa entre su libertad en cuanto sujeto de derechos y su dependencia en cuanto hembra o madre. Y en la dependencia respecto del varón radica la fuente de su fragilidad y de sus males, porque si como ciudadana es dueña de sí misma, como hembra humana busca un hombre a quien decirle “¡Amor mío, hazme tuya!”; y el varón, que desde que bajó del árbol se dedica a hacer suyo todo lo que encuentra a su paso, se toma esas palabras en serio y la hace suya, y bien suya, mejor para siempre que para un rato.
Toda la inquietud hacia la figura de la mujer maltratada, los discursos y la legislación que intentan protegerla, disimulan algo, más sustancioso, que conviene advertir: que la mujer –y el varón– no es un simple sujeto de derechos ni un objeto de atención, sino agente de su destino, lejos de toda forma de proteccionismo legal. Que, ante todo, es un sujeto ético que ha de elaborarse a sí mismo al margen de toda intervención institucional, privada o pública. Y hay que insistir en ello porque, curiosamente, un asunto personal se ha convertido en asunto social y político de primer orden: la figura de la mujer maltratada se ha institucionalizado. Y gracias a esa institución, el Estado puede presentarse como sumamente sensible contra la injusticia particular, con leyes que no servirán de nada, y las sociedades protectoras de mujeres podrán justificar un poco más su existencia, y muchos varones podrán intensificar su decorosa imagen diciendo “Yo no soy como ésos”, y los Medios podrán ir informando y llevando al día el parte de bajas desde principios de cada año, y todos podremos gritar, con nuestra sensibilidad herida, “¡No hay derecho!”. Y con ello escamoteamos la realidad de que ese problema que tú, hija mía, tienes con el pelma de tu amado no es un problema social o mío, sino tuyo y que has de resolver tú solita. Y, sobre todo, debes cuidarte de no volver a tropezar con la misma piedra, pues no serías la primera ni la última.
No te matará cualquier hombre, sino el hombre que tú misma has elegido. Porque te empeñas en que un varón te haga suya, incluso desde el mismo día en que lo conoces, si la cosa va deprisa. Y, después, cuando termine vuestra película y en vuestra vida pase de todo (porque en la vida hay de todo, pero de todo), te verás en un infierno (“Esto no me lo esperaba”, “Es que ya no es el mismo”, “Me equivoqué al enamorarme”). Y momentos de reconciliación: te dirá que las cosas van a ser de otro modo, que verás cómo ha cambiado, que se ha dado cuenta de que tú eres el amor de su vida y no puede vivir sin ti –y otras fórmulas que se emplean en el cine y en la tele–, especialmente antes de entrar en la alcoba. Y si vas a una institución para mujeres con tu problema, te lloverán las charlas sobre la autoestima y la igualdad de sexos y, al ver al hombre de tu vida, tal vez te sientas de nuevo suya y decidas concederle una nueva oportunidad, esta vez la última, como siempre, lagarto, que te conozco. Y después más tundas, y las pobres asistentes sociales no pueden comprender cómo eliges a Barrabás: “Vale, si te vas con él de nuevo y te hace lo mismo, por aquí no vuelvas”. Pero ni por ésas.
Si yo, que conozco bien a los varones, después de muerto me reencarnara en mujer y no volviera a morirme del susto, me metería a lesbiana y no dejaría que ningún semental se me arrimase (¿por qué te crees, tontuela, que a los hombres normales no nos gustan los hombres y sí nos gustáis vosotras?). No entiendo, pues, a los llamados gays, que, aparte de la tortura de estar siempre con el varón con quien cada uno ha nacido, se bus-can un segundo varón que fastidie al primero, en lugar de una mujer, que les traería más cuenta, sin duda, porque desde su origen –salvo tenebrosas y envenenadoras excepcio-nes– quien mata es el hombre, que mata a hombres y a mujeres, y a su mujer, y hasta al lucero del alba. Pero al parecer, algunas tenéis bien aprendida la condición de "mujer-para-ser-poseída", y os buscáis un indeseable –que, vamos, se le ve a una legua– porque percibís en él a un ser maravilloso, con esa hombría que os vuelve locas (“sin ti no soy nada”), con sus cosillas, como cualquiera.
En fin –¿qué más voy a decirte?–, el amor idílico, como todas las ideas sublimes, también tiene sus mártires. Y puede que algún político, apoyado por los grupos defenso-res de tu “género”, conciba un día la brillante idea de erigir un monumento “A la mujer maltratada” para convertiros en parte de la excelsa historia de este gran pueblo y de esta gran nación, o nación de naciones, que es España. Supongo que no estarías de acuerdo, aunque ¡cualquiera sabe!
EL HOMBRE INSUSTANCIAL (SÁTIRA PARA MALPENSANTES), págs. 103-107.